Se despertó de madrugada, inquieto. Ni en la época de su tesis sobre los moluscos se había sentido tan excitado. Tenía una corazonada que no le dejaba dormir. Su mujer no la veía de buen agrado, sus colegas tampoco, pero sus hijos, ¡ay sus hijos! él era su nuevo juguete. Con ayuda de un par de estudiantes apañados había construido maqueta. Hasta ahora se había bastado solo para sus pruebas de líquidos, pinturas y papeles. Pero esta vez el cambio de perspectiva lo merecía. Una gran montaña separaba un lago de una ciudad donde un entramado de vías y trenes unían ambos valles. El paisaje estaba gobernado por esa suerte de cumbre, a medio camino entre volcán y pirámide, que la magia del cartón, la arcilla y el papel mojado habían hecho posible. A un lado y a otro realidades diferentes, perspectivas diferentes, escenarios diferentes. Quien estuviera a un lado no podría saber lo que se escondía tras el volcán al otro. A sus hijos les entusiasmó. De todas las actividades ésta  era la que se llevaba la palma, por lo menos el premio a la mejor escenografía experimental. En la universidad de Ginebra no le habían escuchado, tras una guerra como la vivida no estaba la academia para pensar que los errores tenían sentido, que tenían significado, que escondían un orden. Para él los errores de los niños decían más que los aciertos. Le encantaba ver cómo se equivocaban, ¡incluso sus hijos! de hecho, solo sus hijos, porque eran los primeros con los que aprendía. Los errores acomodan los aciertos, rompen los esquemas, son sal para el hielo del conocimiento…¡pero sal que da sabor! porque tras cada ruptura se inicia una nueva acomodación. Los errores son los aciertos, pero ¿quién diría esas barbaridades en la academia de Ginebra con una tesis de moluscos del cantón de Valais como principal aval? Los niños terminarían dándole la razón. Cerró los ojos para descansar, se vio en la cumbre de la montaña y descansó para darle el relevo a ella.

Abrió sus ojos. En la misma Europa, en la misma época, en la misma noche, él volvió a dormirse despertándola. “¿Y qué si la madera no era noble?” se decía “¿Y qué si estaba al alcance de cualquiera?, ¿y qué si era básica, primitiva, carne de combustión y fuego? ¿No era de eso de lo que se trataba? ¿No era para eso que aquellos niños iban cada día a la escuela? Para encenderse, para arder…” Se incorporó y observó detenidamente la habitación. Era poco probable que encontrase otra mujer como ella con la que compartir su pasión por el papel de lija para madera. La noche anterior había labrado distintos prototipos y la habitación lucía aterciopelada. Los primeros rayos iluminaban el baile del serrín. Finas virutas dirigían la composición en los entresijos de la ventana. La madera enseñaba mucho, ¡tanto! por ejemplo a lijar siempre en la dirección de la veta. Había algo que la inspiraba de la madera como material, como propuesta didáctica. No era como otros materiales, la madera nace con carácter, no es maleable, no es yeso, no es arcilla, puedes hacer con ella lo que quieras en la medida en que conoces su origen, sus vetas, sus nudos, la rama de sus genealogía, las raíces de su árbol. A la madera se la acompaña en su transformación, al resto de materiales se les domina. Los niños de los trabajadores de aquella fábrica eran más madera que cemento, ironías del aprendizaje. Cuando se cruzaba con los padres escondía debajo del brazo sus composiciones, los puzzles y bloques que había labrado la noche anterior. Para aquellos padres modernos la madera era material de otra época. Éste debía ser el siglo del cemento, el de la dominación del metal. ¿Quién les diría a ellos que cien años después un plátano conectado a un dispositivo del mismo metal sería un instrumento para niños? ¿y quién le diría a ella que cien años después, junto al plátano y la tecnología metálica seguirían sus bloques y composiciones de madera? Los niños terminarían dándola la razón.

Los grandes clásicos de la pedagogía vivieron su propia corriente maker. Sí; rindámonos a la evidencia, un maker space es más que un espacio para hacer. Y no solo porque vivamos contagiados por el efecto sorprendente de los conceptos en inglés. “It´s a fact” que cuando un concepto nace en una lengua necesita un tiempo para acomodarse a otras, mientras tanto “it always sounds better in english my friend”. Porque sí, porque un maker space es más que un espacio, es una forma de pensar, de construir, de aprender, de hacer, de sentir, de interactuar con materiales y tecnología aparentemente irreconciliables para dar con combinaciones imposibles hasta el momento de su creación. Por todo esto Jean Piaget y María Montessori fueron makers, makers de su tiempo. Entendieron el error como acierto, vieron las vetas en niños con distintas necesidades, construyeron a hurtadillas, buscaron la forma de observar el desarrollo, la transformación con forma de crecimiento de sus aprendices, porque de eso trata la evaluación, de ver que se aprende, de ver cómo se aprende, de documentarlo, de darlo sentido. Aprendamos de los clásicos para la innovación del presente, aprendamos de los innovadores en el clasicismo que reina en el aprendizaje del siglo XXI ¿Y si a comienzos de este siglo pudiéramos sentir la transformación del crecimiento de otra manera? ¿Cómo podríamos experimentar con herramientas digitales para evaluar el aprendizaje en un maker space, más allá del cartón-piedra y madera?, ¿cómo hubieran experimentado Jean y María (y tantos otros…) con las herramientas digitales del presente?, ¿qué hubieran tramado a hurtadillas? Propongo el primer decálogo, pero no lo dejemos aquí, sigamos construyendo juntos en esta sesión. Pensemos en clásico si queremos innovación, los niños terminarían dándonos la razón.

  1. Sueño con herramientas que permitan documentar el error, fotografiarlo, guardarlo para vivirlo y visualizarlo, ordenarlo, revivirlo para darle sentido. Un borrador, un texto, un boceto, un garabato… todo lo incompleto es infinito y documentarlo en digital es más fácil, más manejable, más digno de encarpetarse.
  2. Sueño con un mundo de videotutoriales para aprender lo básico viendo otras manos en movimiento, reconociendo sus patrones y sus trucos. Vídeos de manos y artefactos para guiar las mías propias, vídeos en forma de instrucciones del Ikea, sin diapositivas y sin discursos sobre hacer sin hacer.
  3. Sueño con conectar objetos para convertirlos en nuevos objetos, ¿qué es sino inventar? recoger los datos cuando la madera se conecta con el dispositivo que mide su presión, cambio, temperatura… en la experimentación. Evaluar los estados de los objetos que cambian, guardar la información, crear gráficas y escenarios de transformación.
  4. Quiero poder recibir el feedback de los otros compañeros, de los de mi equipo en mis redes sociales en la red propia donde compartimos la forma de evaluar el trabajo en equipo de unos y otros o las presentaciones en abierto y el trabajo con profesores.
  5. Sueño con vivir en un maker spaces que pueda indicarme cómo mejoran mis competencias, dónde me encuentro, cómo están graduadas, qué competencia trabajo en que proyecto y de qué manera.
  6. Sueño con evaluar mis propios proyectos, aquello que tienen sentido en mi aprendizaje único, en mi camino. Que la versatilidad de las herramientas digitales me permitan emprender mis propios proyectos de manera autónoma y recibir feedback y evidencias, dentro y fuera de la escuela, en horario de trabajo o en fin de semana, en verano y en exámenes.
  7. Sueño con evaluar proyectos en el maker space con contenido curricular y crecimiento en competencias. No digo más, aquí va el meollo, que le echen mano los valientes.
  8. Sería genial llevarlo todo en mi móvil, o en mis gafas, o en lo que venga. El crecimiento con la autoevaluación en mi móvil