El mundo ha experimentado una revolución tecnológica en las dos últimas décadas que ha estremecido los cimientos de la cultura occidental. La Revolución Digital ha modificado radicalmente la manera de trabajar, las relaciones y el entretenimiento de gran parte de la población mundial. Pero hay un ámbito que experimenta cierta reticencia a entregarse a la tecnología, quizás porque teme una banalización de los contenidos, porque está alertada de su componente adictivo, por resistencia al cambio por parte de los claustros o por simple escasez de recursos para implementar esa transformación.

La escuela es uno de los pocos lugares donde, por ejemplo, el teléfono móvil, verdadero centro neurálgico de la actividad del ser humano del siglo XXI, tiene vedado el acceso. Se intenta que los estudiantes más jóvenes abandonen durante las horas de permanencia en clase su conexión virtual con las redes sociales, con los videojuegos y con las páginas de internet en las que consumen el resto de su vigilia. Pero lo digital se ha convertido ya en la lengua materna de los llamados millennials, por lo que se hace imperativo que cualquier comunicación con ellos pase por incorporar este idioma. Los estudiantes de primaria y secundaria ya llegan a la escuela y el instituto “transformados” e “innovados”. Ellos son nativos digitales, ya viven inmersos en ese nuevo registro. Son el profesor y la institución quienes deben aggiornar su perspectiva y sus recursos para sacar partido a las enormes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, sin perder el trasfondo de excelencia académica, sin renunciar a la idea de alma mater que guía la educación, ni olvidarse del espíritu crítico que debe orientar la transmisión del legado cultural que supone el acto educativo.

Este proceso ya se ha iniciado y no son pocas las iniciativas que incorporan el vídeo a los procesos pedagógicos, la recreación de espacios inmersivos o las iniciativas transmedia aplicadas a proyectos individuales o de equipo. Pero la #RevoluciónEducativa no solo consiste en aplicar la tecnología al currículum escolar. El cambio de lenguaje que se está fraguando pasa también por incorporar nuevas formas de transmitir el conocimiento, que permitan que el discurso transite de la explicación de escucha obligada a la narración de historias, para la que estamos naturalmente predispuestos, y de relatos que recurran al enganche emocional como forma de impulsar la curiosidad del estudiante.

Y aún más allá de estas transformaciones, se abren iniciativas que aspiran a rediseñar el paisaje escolar en su conjunto, a deconstruir los clásicos espacios compartimentados y las zonas comunes de manera que entren en la arquitectura nuevas formas de relacionarse y de aprender a pensar. Iniciativas dirigidas a abrirse a proyectos de emprendimiento por equipos, a plantear el aprendizaje como solución de problemas, no solo como acumulación de información, iniciativas encaminadas a abrirse a los desafíos que demandan las transformaciones que ya se han producido en el resto de los ámbitos de nuestra cultura. Toda una #RevoluciónEducativa que ya está en marcha.