Tal y como apuntaba Loris Malaguzzi el niño está constituido por cien lenguajes, cien maneras de aprender, cien maneras de cantar, cien modos de interactuar y el mundo de los adulto se obstina ofrecer un modelo carente de posibilidades.

Malaguzzi desde su pedagogía señalaba que el sistema separaba la cabeza del cuerpo, es decir educa prioritariamente la racionalidad, lo verbal y  lo lógico. No debemos olvidarnos de todas aquellas capacidades que permiten a los niños conocer y crear la realidad en la que se desenvuelven, es decir, los niños son investigadores y desean extraer sus propias conclusiones y teorías, por lo que aunemos la cabeza y el cuerpo e introduzcamos en nuestras aulas experiencias manipulativas y significativas, en la que el protagonista sea el propio niño, basadas en los sentidos, tanto aferentes como eferentes, olamos, escuchemos, observemos, mezclemos, toquemos, cantemos, bailemos, cocinemos, sintamos, etc… El rol del profesor no es un mero cuidador, o un especialista en lectura o grafomotricidad, o un especialista dispensador de algún conocimiento específico, sino que será la persona que medie entre el desarrollo de las capacidades del propio alumno y el descubrimiento del mundo. Pero ¿qué mundo? Evidentemente un mundo plural, diverso y divergente.

La bidireccionalidad y la retroalimentación son principios ineludibles, en los que las habilidades del adulto y del alumno se necesitan mutuamente para una buena relación de enseñanza y aprendizaje que permita aflorar las capacidades que posee el niño.

La pedagogía de Malaguzzi quedaría totalmente contextualizada en la posterior Teoría de las Inteligencias Múltiples de Gardner, quien aboga por una  capacidad intelectual que  no queda reducida a un número, a un cociente intelectual (C.I.) sino por una concepción de inteligencia que es modificable, variada y múltiple. Disponemos de diferentes talentos y potencialidades  que podemos cultivar y desarrollar ayudándoles a confeccionar el proyecto personal de vida de nuestros alumnos y estos a su vez puedan ofrecerlo y ponerlo a disposición de la sociedad.  Desarrollaremos estas inteligencias para dotarles de las competencias necesarias para vivir en plenitud.

La inteligencia de un niño debe suponer un reto para todos aquellos quienes nos dedicamos a la educación. Tal y como hemos dicho, el período de 0 a 6 años supone la piedra angular sobre la que se proyectará el diseño y la intervención del futuro alumno, en etapas posteriores. Desde el principio debemos pretender el mismo objetivo que en los períodos formativos finales en la vida de un estudiante, la autonomía y el autoconocimiento, es decir la metacognición, para que pueda dirigir y gestionar él mismo su propio proceso de aprendizaje, tenga la edad que tenga, incluso siendo adulto, ya que no dejamos de aprender a lo largo de la vida o así debería ser.

Debemos diseñar por tanto un cambio educativo para que desde el inicio nuestros alumnos puedan convertirse en diseñadores de su aprendizaje, en buscadores de problemas y no solucionadores de estos. Para ello es necesario que en todas y cada una de las intervenciones educativas ofrezcamos diferentes caminos que les permitan aprender a localizar y relacionar la información pertinente y transformarla en conocimiento óptimo. Las Inteligencias Múltiples nos facilitan ese propósito en nuestra labor y con ellas podemos atender a las diferencias que nos encontramos en el aula, valorándolas desde su diversidad y divergencia, reconociendo las potencialidades de cada uno de nuestros alumnos como un conjunto de talentos que debemos poner a disposición no sólo de los propios alumnos sino de la comunidad en la que viven y se desenvuelven. Tenemos en nuestras aulas a los futuros políticos, baloncestistas, pianistas, cocineros, escritores, productores, programadores, médicos,…y en los colegios debemos atender a sus centros de interés.

Por tanto, los espacios educan y transmiten, no son neutros, y en Fundación Educación y Evangelio sabemos que están al servicio del Proyecto.