El poder del imaginario como principal obstáculo en la transformación de los espacios, el mobiliario y la arquitectura en educación

Foto de clase en Brasil, Cipó. Julian Germain

 

Voy a pedir por un momento al lector o lectora que cierren los ojos y que piensen en un aula. Estoy segura que casi casi podemos olerla:

El aula que el lector o lectora están imaginando tiene pupitres, tiene muchos pupitres y sillas. Un pupitre y una silla por estudiante que se sitúan enfrente de una mesa y una silla generalmente más grande que, gracias a la violencia simbólica que impregna el aula, sabemos que es la del profesor. Estos pupitres, mesas y sillas son verdes, de un tono que todos identificamos como el “verde escolar” y están realizados con madera chapada con melanina. Sus formas son estrictamente geométricas y artificiales, nada de redondeces y fluctuaciones.

El techo es muy bajo, hay pocas ventanas y por ellas entra poca luz natural pero, por el contrario este aula tiene una luz artificial muy intensa, cegadora, dura, que se distribuye por la sala sin piedad a través de barras de fluorescentes, de esos fluorescentes que hay en las fábricas, en los espacios comerciales, trasteros y garajes, pero no en las casas.

Esta aula tiene la mitad de las paredes cubiertas de azulejos también de un tono verde. La textura dura, fría y resbaladiza sugiere que este revestimiento se ha elegido tan solo por cuestiones prácticas ya que resulta fácilmente lavable. Las personas que han decidido utilizar este revestimiento no han pensado en las connotaciones que tiene, cómo nos recuerda a los azulejos de los baños, de los hospitales, de los psiquiátricos.

Y el suelo, es de loseta, de la loseta más duradera, más eterna, más imperecedera que jamás se podrá cambiar.

En esta aula, un lugar cerrado y aislado del mundo, vemos una figura de pie y unas cuantas figuras sentadas, vemos que detrás de la figura que está de pie hay una pizarra (puede que sea electrónica, pero solo la maneja la figura que está de pie), vemos que las figuras sentadas están quietas mientras que la que está de pie deambula por los estrechos pasillos que dejan las mesas apretadas debido a que hay menos espacio del necesario. De repente suena una sirena, las figuras sentadas se levantan, recogen sus cosas y se van. Pasan cinco minutos y aparecen otras treinta figuras que miden, se comportan y visten prácticamente igual que las que se acaban de ir… ¿no serán las mismas? Estas figuras se sientan y vuelta a empezar. Así desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde. De lunes a viernes. Todo el mes. Nueve meses al año. En la universidad, en la educación secundaria, en un curso del INEM, en un seminario sobre estudios mesopotámicos, en una conferencia en un museo, en la educación primaria, en unas jornadas sobre física nuclear…

Foto de clase en Inglaterra, Wolsingham. Julian Germain

Cuando me piden hablar sobre arquitectura y educación, siempre digo que esta configuración del aula tradicional, estos usos del espacio y del mobiliario, no es que funcionen mal, muy al contrario, funcionan muy bien y son los perfectos instrumentos para una pedagogía que tuvo quizás su sentido en el siglo pasado para entrenar (que no para educar) a los futuros peones pero, queda claro que hoy lo que buscamos en la escuela dista mucho de formar peones. Hace unos meses el economista y matemático César Molinas en un foro sobre el impacto social de la tecnología expresó una idea sobre la que me parece muy necesario reflexionar para quienes nos dedicamos a la educación, dijo que en pocos años:

“Todos los trabajos que no requieran creatividad van a desaparecer. La creatividad es el único trabajo que va a existir, pero no hay problema, porque la creatividad se aprende” (http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2016/05/11/actualidad/1462976174_037836.html)

La pregunta que no dejo de hacerme es, si tenemos claro que la creatividad y otros tipos de metodologías son necesarios para llevar a cabo el cambio de paradigma en educación es:

¿Por qué razón seguimos manteniendo la mismas aulas, el mismo esqueleto físico, el mismo tono de verde, la misma disposición vertical, los mismos fluorescentes si deseamos dar un giro copernicano en educación?

Y me contesto a mí misma que esta repetición es un claro problema de imaginario, del poder de un imaginario que nos construye y nos impide imaginar otras cosas.

El imaginario se puede definir como el “Repertorio de elementos simbólicos y conceptuales de un autor, una escuela o una tradición”. También nos interesa la definición de imaginario colectivo “Imagen que un grupo social, un país o una época tienen de sí mismos o de alguno de sus rasgos esenciales.” Si el concepto de “lo imaginario” lo introduce Lacan desde la psicología, es el filósofo griego Cornelius Castoriadis quien lo introduce desde la sociología para designar las representaciones simbólicas que acaban encarnando la realidad social. Es decir, las ideas que acaban sustituyendo a la realidad en la percepción de la vida social. En estas dos definiciones son importantes los términos encarnar y sustituir, porque lo que ocurre, tal como defiende el construccionismo social, es que la realidad está socialmente construida y es aquí donde juegan un papel importantísimo los imaginarios, conjuntos de ideas que configuran nuestras creencias sobre cómo deben de ser las cosas.

Foto de clase en Perú, Tiracanchi. Julian Germain

De esta manera, lo que nosotros pensamos que puede ser un aula queda sepultado por lo que el imaginario que albergamos nos dice que debe de ser, ese imaginario del aula occidental que se ha configurado como el Paradigma De Lo Educativo y que anula los imaginarios y las realidades locales, como podemos ver en las fotos tomadas en diferentes aulas del mundo por el fotógrafo Julian Germain y que nos adentran en las consecuencias máximas del colonialismo educativo: desde Blangadesh hasta Tanzania pasando por un aula española extrañamente llena de instrumentos de música, EL AULA ES LA MISMA.

Para transformar la educación en una fuerza contemporánea, para generar en los contextos educativos arquitecturas en consonancia con lo que la neuroeducación nos recomienda y la sociedad nos pide, creo que es de suma importancia desbaratar el imaginario del aula tradicional, sacar de nuestras cabezas, de los pliegues de nuestros cerebros ese aula obsoleta que hemos descrito al principio. Pensemos en que otros colores, otra iluminación, otros suelos son posibles. Que existen muchas formas de organizar mesas y sillas e incluso puede que mesas y sillas no sean necesarias. Pensemos que para realizar un congreso no es necesario un anfiteatro con las butacas ancladas al suelo, ni pizarras ni proyectores para dar una charla. Pensemos que poner las energías en la arquitectura de transmisión es imposible sin espacios configurados de manera distinta.

Pensemos en desbaratar el imaginario para cambiar los espacios y cambiemos los espacios para transformar la educación.