Siempre fuí un niño curioso pero algo cambió el día de navidad en que llegó a casa la primera caja de herramientas que iba a tener, no sería la última.

De aquellas navidades pocos juguetes vivieron para contarlo, descubrí de la noche a la mañana lo que muchos años después aprendería, se llamaba ingeniería inversa. Mi curiosidad me llevó a buscar lo que había dentro de las cosas que me gustaban y con no demasiado tiempo mi mentalidad había cambiado. Me encontraba, no pidiendo juguetes que me gustaran, sino pidiendo juguetes de los cuáles no entendía su funcionamiento.

Partes móviles, luces, motores, coches a control remoto, radios, cocinas, ventiladores, neveras y con el tiempo videos VHS, “walkmans”, televisores e incluso algunos ordenadores, desmonté y volví a montar, casi siempre con éxito, todo lo que había en mi casa.

Aquella caja de herramientas y las respuestas que podía darme me tenían completamente enganchado, pero no fue eso lo que me cambió la vida, fue lo que vino después. Cuando desmonte suficientes juguetes y electrodomésticos, hice suficientes preguntas y leí suficientes cosas en la biblioteca del colegio comenzó lo divertido. Mi querido maletín de “FrankenJuguetes” y la larga lista de accidentes que iban a provocar.

Una botella de agua, un globo, una pajita, un puñado de gravilla, un motor eléctrico, una hélice y muchas pilas “de las más grandes”, ese primer submarino le costó una descarga eléctrica en la piscina a mi pobre primo, tranquilo estimado lector él está bien. Mi preciado submarino, sin embargo, solo buceó algunos metros. Mi coche alimentado con demasiadas pilas explotó, mi zeppelin casi incendia la casa y una maqueta del sistema solar terminó jubilando a un sofá de casa ahora convertido en una roca de poliuretano expandido.

Seamos sinceros todos y cada uno de mis inventos acabó inevitablemente en desastre, sin embargo, nunca lo vi como un fracaso y desde esos días cada vez que algo falla vuelvo a ponerme inmediatamente con ello. Con el tiempo he comprendido que soy un innovador del error, ¿cometo errores? Por supuesto, incontables, pero nunca el mismo dos veces.
Para bien o para mal la mayoría de cosas que he aprendido en la vida han venido de este reto que una y otra vez me imponía a mi mismo. ¿Qué ha fallado? ¿Cómo lo arreglo? ¿de dónde consigo las piezas?

Y un día las cosas simple y llanamente comenzaron a salir bien, mi primera radio AM, mi primer programa informático, un pequeño submarino teledirigido. Estaba eufórico y quería mostrar aquellos logros a todo aquel incauto que parara a escucharme, la necesidad de compartir lo que había aprendido y contagiar a otros a hacer cosas interesantes era inevitable.
Los americanos terminarían por ponerle un nombre, me había convertido, no sabía muy bien cómo en un “maker”. Creo que la mejor definición de “maker” está en un libro muy recomendado de título auto-explicativo: “Zero to Maker: Learn (Just Enough) to Make (Just About) Anything” de David Lang (De cero a maker: aprende (lo suficiente) para hacer (casi cualquier cosa).

Todo buen purista se llevaría las manos a la cabeza, recuerdo bien aquellos primeros años de universidad dónde hacer algo era una quimera solo alcanzable por las grandes mentes capaces de superar ingentes cantidades de teoría desorganizada y de objetivo desenfocado.

El shock cultural fue tremendo, entré a la universidad habiendo montado mi primera antena wi-fi, programaba a un nivel muy alto y llevaba años soldando robots que deambulaban por casa descifrando laberintos de cartón. Lo hice sabiendo lo suficiente para empezar, pero no lo hice solo gracias a internet tenía la ayuda de miles de mentores que habían dejado sus pequeños momentos “¡Eureka!” visibles para todos.

Hoy con mi empresa de videoconferencia dedico el poco tiempo libre del que dispongo a crear entornos donde grandes y pequeños puedan tener sus propios momento de aprendizaje. Construir ese puente incompleto listo para que aquellos que saben lo suficiente, salten por su cuenta al otro lado y con suerte no quieran parar esa aventura nunca.
Lo que hago, lo que he hecho y lo que planeo hacer, me define. La resiliencia de entender que el error es solo un punto del camino me ha conseguido muchas pequeñas y grandes victorias. Contar mis ideas y escuchar las de los demás me han llevado a tener una agenda llena de maravillosas personas con las que colaboró a menudo.
Todo ello empezó por casualidad, sin aquella caja de herramientas no estaría escribiendo estas líneas, las disciplinas STEAM y nuestros jóvenes no pueden depender de la casualidad debemos hacerles un camino que merezca la pena cruzar. Ser es hacer y debemos hacer algo, creedme, merece la pena.