La interacción que posibilitan las nuevas tecnologías hace posible la integración de nuevos actores a los proyectos educativos y aglutinar esos equipos en trabajos compartidos.

En una clase, se puede innovar solo con una tiza; es más, se puede innovar solo con la palabra. Pero hay un universo de nuevas herramientas que son la lengua materna de los nativos digitales y que los profesores empiezan a utilizar para multiplicar la oferta de los contenidos educativos. Los recursos tecnológicos y, sobre todo, audiovisuales, son una forma de conectar con ese lenguaje que ya tienen aprendido los alumnos desde antes de llegar a la escuela Primaria.

Además, los profesores han advertido que los alumnos son más sensibles a la narración que a la explicación y que las clases pueden organizarse como una buena historia, con sus puntos de inflexión, peripecias, giros inesperados y todo el arsenal de recursos que Aristóteles ya recoge en su Poética. La escuela está aprendiendo a sacar partido a nuestra pulsión innata como devoradores de historias, cuentos, leyendas, dramas, novelas y películas. Y los profesores saben que ese poder magnético de la narración es la vía regia para conquistar la atención de ese pequeño auditorio que es el aula.

Pero si esa trama aristotélica -basada en el clásico recorrido de planteamiento, nudo y desenlace- sigue siendo la estructura preferida de los contadores de historias, el discurso ahora se puede también fragmentar y enriquecer con la narrativa transmedia, esa combinación de tecnologías y discursos que permite también dar voz al auditorio, hasta ahora un sujeto pasivo que, como la propia palabra indica, solo escuchaba. La interacción que posibilitan las nuevas tecnologías hace posible la integración de nuevos actores a los proyectos educativos y aglutinar esos equipos en trabajos compartidos. La linealidad del discurso es susceptible de bifurcarse y hasta multiplicarse en diferentes direcciones y los alumnos pueden convertirse en generadores de contenido, manejando las herramientas que tan bien conocen.

Las fronteras del aula se pueden expandir hasta el infinito a través de las pantallas, e incluso trasladarse a universos paralelos, gracias a las tecnologías inmersivas de realidad virtual que permiten los equipos de grabación en 360° o también recrear mundos inventados generados por ordenador. El viaje imaginario que antes tenía lugar gracias al libro y a la voz del profesor, ahora puede visualizarse en movimiento, e incluso tocarse gracias a la interacción. Eso no quiere decir que ni el libro ni la voz sean prescindibles. No lo son, pero tenemos la ocasión de complementarlos con todo un repertorio de producciones audiovisuales que potencian la voz y el texto hasta el extremo que el profesor necesite para contar su historia. Lo relevante seguirán siendo siempre los contenidos y los valores que se transmiten en el aula, pero para que esos mensajes lleguen, lo primero que hay que conseguir es la atención de los chicos, despertar su interés por lo que los profesores tienen que decir, ganarlos para la causa del aprendizaje.

La oportunidad está aquí ahora y la transformación de modelo que se avecina es relevante. Si hasta ahora la experiencia educativa se podía comparar con la lectura en voz alta de un guion, las nuevas tecnologías posibilitan armar un escenario en el que tenga lugar el propio rodaje de la película. El profesor seguirá siendo el director, responsable de todo lo que suceda en clase, mientras que el equipo de rodaje, los actores y, en última instancia, los espectadores serán los alumnos. Es un cambio que aspira a transitar del libro al vídeo, sin que por el camino se pierda nada de lo anterior.